Aquí la transcripción de la conferencia que dio uno de sus miembros fundadores, Adolfo Natalini, el 18 de Septiembre del 2004 en el museo De Vleeshal en Holanda:


El 4 de Noviembre de 1966 el río Arno invadió Florencia: fue la más destructora inundación del siglo. Ese mismo día, Superstudio nacía. Sin saber que el agua avanzaba por las calles, me pasé casi todo el día escribiendo el primer manifesto de Superstudio. Una extraordinaria coincidencia.









Superstudio fue un movimiento situacionista que usó los instrumentos tradicionales de la arquitectura -dibujos y proyectos- para criticar no sólo la arquitectura y sus tendencias, sino también a la sociedad. Por esa razón creíamos ser la vanguardia, en el sentido militar de la palabra vanguardia: un grupo que avanza hacia el frente destruyendo las defensas del enemigo, sacrificándose a sí mismo para dejar libre el camino al resto del ejército.









Intentamos destruir el sistema existente para dar lugar a un nuevo sistema, libre de divisiones, colonialismos culturales, violencia y consumismo. Buscábamos la utopia de un mundo libre y una vida libre de trabajo, una vida sin objetos.

En 1973 sentimos que nuestra misión de vanguardia había llegado a su fin. No habíamos ganado la guerra, sólo un par de batallas. Consideramos que el tiempo de destruir había terminado y ahora era hora de la reconstrucción. Intentamos refundar antropológicamente la arquitectura, examinando objetos simples y cotidianos, y material cultural no urbano. Buscamos la raíz tanto de la necesidad como de la creación. Examinamos necesidades y deseos - sueños.







En 1979 yo tenía 38 años y sentí que ya era tiempo de dejar ésta búsqueda y los estudios. Decidí convertirme en un arquitecto común. Superstudio se desbandó en 1986, cuando cumplió 20 años.

La gente joven ahora se pregunta: ¿Cómo es que Adolfo Natalini pasó de Superstudio a su trabajo actual, tan anti-modernista?







Superstudio fue necesario en los sesentas y mi trabajo en Holanda fue necesario en los 90s y principios del milenio. En su momento necesitábamos revoluciones, romper con la cultura establecida. Hoy, con nuestras ideologías fracasadas, necesitamos trabajar contra la experimentación sin sentido, contra el ritmo demasiado veloz de las modas, de las estéticas sin contenido y el extremo liberalismo y consumismo.

Mi trabajo actual es anti-utopía, si la única utopía que nos queda es la de la globali-zación. La arquitectura se homogeneizó y la única posible reacción es retornar al orden, o mejor, a la tradición - el patrimonio consolidado de los experimentos exitosos.









Ulises se ató al mástil de su barco para no ceder al canto de las sirenas, pero yo no lo hice, ni tampoco me puse tapones en los oídos. Todos los días escucho los cantos fascinados de las revistas y el entusiasmo y pasión de mis estudiantes y socios. Estoy completamente conciente que rechazar la experimentación contemporánea me saca de la carrera hacia el éxito y la fama, pero creo que existen valores más altos que las promesas de las últimas tendencias. Esos valores residen en una ciudad civil dignificada, capaz de transformarse a sí misma sin perder el patrimonio de la belleza y la humanidad.









Los edificios que he diseñado y construido en los últimos diez años se basan en la resistencia. Desde 1979 he trabajado en varias ciudades históricas de Europa, y me he encontrado con diferentes realidades. Los libros y periódicos me muestran un mundo donde la arquitectura ha producido sólo variedad y tendencias sin prestar ningún tipo de atención a los lugares y sus habitantes, sin ninguna necesidad; una arquitectura orientada a su propia afirmación por el sólo hecho de la espectacularidad creada por ser diferente.









Como resultado, la única posibilidad de vanguardia actual es la de intentar reafirmar lo particular de cada lugar, las necesidades, aspiraciones y memoria de aquellos que estuvieron aquí antes que nosotros. No más buscar la originalidad sin sentido, sino un necesario retorno a los orígenes. Yo busco que mi trabajo sea de una normalidad atemporal. Me gustaría desaparecer en mis edificios y que éstos edificios desaparezcan en su contexto urbano y se transformen en paisajes donde se pueda vivir pacíficamente.







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