HE LEIDO HEMINGWAY
Texto y fotos de Ernesto Rafael Hartwell






Dos amigos que trabajaban conmigo en una biblioteca comunista en Nueva York me visitaron en Julio en mi casa en la parte norte de la “Lower Península” de Michigan. Un rato después de su llegada, les introduje a Horton Bay y a mi bote de remos. En el bote, Derek remando, Emily acostado en la popa, yo me senté en la proa y leí el cuento de Ernest Hemingway, “The End of Something.” Di instrucciones a Derek de cruzar la bahía, pasar los botes amarrados y el varadero viejo, entrar en la boca del arroyo, Horton’s Creek, pasar debajo de la pasarela, entre los juncos, silbando en el viento, y las riberas con sombras altas, donde los peces se escondían durmiendo durante el día.
“In the old days, Horton`s Bay was a lumbering town. No one who lived in it was outside of the sound of the big saws in the mill on the bay,” empezó el cuento. Leía lentamente para que cada palabra se hundiera lentamente en mis amigos como guijarros en un pozo sin fondo. Ya había sentido las palabras. Ya estaban adentro de mí. Había oído a mi padre leerlas a todos los clientes de la librería. Leía este pasaje o el del cuento, “Summer People,” “Halfway down the gravel road from Hortons Bay the town to the lake, there was a spring,” o el de “Up in Michigan,” “Hortons Bay was the town with only five houses on the main road between Boyne City and Charlevoix; there was the General Store and post office with a high false front, maybe a wagon hitched out in front, Smith’s house, Stroud’s house, Fox’s house, Horton’s house, Van Hoesen’s house.” Escribo estas líneas sin mirar ni un libro. Son partes esenciales de mi existencia. Nuestra casa era la “Fox’s house.”

Bueno. Es mejor empezar con un linaje. Yo soy Ernesto Vol Rafael Hartwell, hijo de Teresita Rafael Hartwell, filipina, y James Vol Hartwell, de Horton Bay, Michigan, dueño de una librería, “The Red Fox Inn,” dedicado a libros escritos por y sobre Ernest Hemingway, productos e historias locales y libros del arte posimpresionista. La madre de James Vol era Marian Fox Hartwell, dueña de “The Red Fox Inn” restaurante que duró desde 1919 hasta 1973, sirviendo “smothered chicken” y “dumplings” y trucha del arroyo y budín de tomate y otros condimentos camperos a los domingueros en el Michigan del norte. Su padre era Vollie Fox, tocayo de mi padre y yo, alcalde autoerigido de la aldeíta que tenía y tiene una población permanente de menos de 50 personas, especialista en pescar, erudito de las sombras de las riberas, de las clases de gusanos, bromista. Su padre, James Wixham Fox, compró “The Red Fox Inn,” y lo convirtió de un hotel de leñadores a una casa privada en 1910. Fue muerto en un accidente grave, arrastrado del pie por un carruaje fugitivo en 1913.





Mi padre a veces narra este linaje a los clientes para mostrarles nuestras raíces (mi madre decía que no se podía vender los libros sin sermoneo). Este sermoneo incluye el hecho de que Hemingway se quedó por un mes con los Fox en el otoño de 1918, que el chico Hemingway aprendió pescar de mi bisabuelo Vollie Fox, que toda mi familia, incluyendo a mi abuela había estado en la primera boda del joven escritor en Horton Bay en 1921. Mi bis-tía y el hermanito de Hemingway, Leicester, eran muy amigos. El tío de Hemingway, con quien el joven autor no se llevaba bien, quedó en una relación amable con los Fox, vendiéndonos las frutas y verduras de su granja al otro lado del lago para el restaurante. Una vez, dijo Han Worth, uno de los viejos con quien mi padre charla (o, mejor, entrevista) en el McDonald’s de Boyne City sobre café y McMuffines, él, como niño, encontró al joven Hemingway jugando naipes en una mesa circular con unos hombres del pueblito cuando Lizzie Spura Fox, mi bisabuela, estaba preparando la cena, pelando papas y friendo unas truchitas en un sartén de hierro colado.

Ernest Hemingway (casi escribo Hartwell) nació en 1899 (el mismo año que nacieron Nabokov y Borges) en Oak Park, un barrio en los márgenes de Chicago. Era hijo de un doctor y una cantante de ópera. Tenía tres hermanos. Viajó todos los veranos en tren al norte a Walloon Lake donde su familia tenía una cabaña de arce, pintada blanca, llamada “Windemere.” Hay fotos oníricas del joven Hemingway creciendo, año a año, llevando pantaletas como un niño, agarrando faisanes y una escopeta como un chico de 7 años y una con un Hemingway de 19, mostrando unas truchas, colgadas por las agallas de una cadena, en el muelle del varadero. Solía cruzar Walloon Lake en su bote de remos, dejándolo en la orilla, y caminar por las colinas ondulantes, pasando la granja de Warren Sumner, pasando Camp Dagget Road, pasando el granero rojo y doblando a la derecha hacia Horton Bay y Charlevoix y el mar interior llamado Lake Michigan. Escribiría los cuentos de Nick Adams sobre las aventuras que ocurrían en estos lugares, en estos bosques. Él pasó la mayoria de su tiempo en Horton Bay con los Dilworth, una familia rival de los Fox, que también fueron dueños de un restaurante famoso llamado “Pinehurst.” Sobre ellos hay más escrito en las biografías. En la segunda publicación de su primer cuento “Up in Michigan,” Hemingway cambió la frase “Fox’s house” a “Dilworth’s house.” Tenemos en la librería la primera edición.






Después de graduarse de la escuela secundaria en 1917, trabajó por seis meses para un diario,“The Kansas City Star.” En 1918, se fue a Europa para encontrar la guerra. Manejando ambulancias por La Cruz Roja. fue herido por la metralleta de una bomba cerca de Milan, Al volver a Horton Bay, dio a la familia Fox su casco de guerra que tenía unos agujeros pequeños causados por el estallido. Mi tataratía, Mabel Fox, escribió sobre él en su diario del año 1918, que mi padre entonces ha publicado: “To the Bay in the morning with cream. Saw Earnest Hemmingway. 238 wounds. Looking fine now.” En 1921, se casó con Hadley Richardson en Horton Bay, en la iglesia evangélica donde ahora está la casa de mi tía. La procesión empezó en el bosquecillo en el lado este del “Red Fox Inn.” Toda mi familia estuvo. Después de la fiesta se fue en el camión de John Koteskey, primo de los Fox, hacia el fondo de Sumner Road, donde su bote de remos lo esperaba. Pasaron la luna de miel en “Windemere.” Hemingway nunca volvió físicamente a Horton Bay.

He leído Hemingway. He leído sobre Cuba e Italia y las sierras de España y las nieves de Kilimanjaro. He leído las biografías, la de Carlos Baker, la de Philip Young, la de Peter Griffin. Entiendo las sospechas de la androginia, los problemas matrimoniales, la depresión biológica, las traiciones personales y la herencia del suicidio. Sin embargo, siento algo más, encuentro una esperanza escondida cuando leo los cuentos de Nick Adams en Horton Bay. Sí, están llenos de dolor, de impotencia, de confusión, de tristeza, de todas las cosas que plagaron a Hemingway durante toda la vida, pero estos cuentos insisten en acercarse a estas realidades desde el punto de vista de un joven, de alguien en quien perdura algo ingenuo. Habla sobre la familia, sobre el amor, sobre el sexo, sobre la caza y la estructura social de una manera todavía fresca, sin adulterar, como si fueran aventuras cada una. Son aventuras que he vivido en los libros y después en la vida. He huido del guardián de la caza. He mirado el movimiento de los arroyos. He visto la deconstrucción del molino y he vivido en los restos.

Derek estaba remando y Emily tenía acostado en la popa, su pie derecho colgado sobre el borde del bote. En el cuento, Nick Adams había cruzado por las mismas aguas. Había visto una trucha saltando y, metiendo el remo del estribor con fuerza en el agua, el bote había doblado a la derecha para que el cebo pudiera pasar por esta parte. Nick y Margorie se habían arrimado a la arena de la punta y despellejado unas percas para el cebo y hablado sobre qué pasaba con su relación. Habían terminado todo y Margorie se estaba yendo en el bote de remos. “She was afloat in the boat, on the water, with the moonlight on it.” Yo también sentía el vacío. No es que la relación fuera mala, sino que no había dejado de ser una aventura. Ni siquiera el sexo se disfrutaba. Miraba su amor desapareciendo en la oscuridad. Miraba las cañas ante cualquier movimiento. Hizo un fuego de leños secos y un diario antiguo.





Paré de leer y miré para ver dónde estábamos. Ya nos habíamos ido de la boca del arroyo. Entramos de nuevo en la bahía. El sol se estaba poniendo. Podíamos ver la sombra del sol moribundo bajar en las pinas en la orilla. Pensé en el estado de ánimo de Nick. Me inquietó. Las palabras de Hemingway eran tan sencillas. ¿Cómo me pueden afectar tanto? Es posible que fuera un secreto del lugar; estando en el mismo lugar, durante la misma hora, en casi el mismo bote, reduce la importancia de la diferencia de fecha a casi nada. Yo sentí lo que Nick estaba sintiendo. Había confundido las funciones de la mente y del corazón. Había hecho cosas sin pensar y otras cosas pensando demasiado; no sé si estos son hechos distintos.

Para mí, acá es donde está Hemingway. No sólo en los libros, sino también en la vida que resulta de los libros, la traducción real de lo literario. Hemingway me ha entrado en la vida y se quedó adentro, quizás en mi corazón, quizás en mis pulmones, quizás en la manera en que hablo o pienso o fallo en relaciones. Tenemos una conexión real, tangible, familiar. Es una relación tangente de la que no habla Carlos Baker (el nombre Fox apenas aparece en su biografía colosal). Es algo no sabido por los expertos literarios ni históricos, algo por fuera de las bibliotecas. Es sabido por mi familia, por el casco que fue perdido cuando demolimos el granero, por unos viejos que cada vez más desaparecen, por mi padre, un archivista feroz, por la casa en que todavía vive él.
Cuando mi padre oye algo que pertenece a los abuelos o bisabuelos o Hemingway, algo que de alguna manera nos define, él lo ficha en un papelito, poniendo esto en su bolsillo de pecho (este bolsillo se llena muy rápido, y todas las mañanas cuando toma café y se pone los zapatos, mi padre poda el montoncito de fichas, trasplantando las que sobreviven a la remera siguiente). Entonces hace una señal de madera de estos fragmentos de nuestra definición familiar: letras rojas (escritas a mano) en una plancha pintada de blanco. La librería, como un diccionario familiar, está llena de estas señales, colgadas en las paredes, echadas por los libros para que las sobrecubiertas no se ondulen, apoyados en pilas en los rincones, acumulando el polvo. A causa de sus esfuerzos, yo sé quiénes somos. Sólo necesito buscarnos en las paredes de nuestra librería.

Para distinguirnos de Amazon y de Borders, mi padre anota los libros para mostrar qué cuentos ocurren en Horton Bay, en Walloon Lake, en Petoskey, en Kalkaska y en la colonia de vagabundos al lado de las vías de Mancelona. También, mi hermana y yo somos anotaciones. Se llama ella Prudence. Le pusieron el nombre de la amante joven, de la tribu Odawa, de Hemingway. Soy Ernesto. Mi padre quería distinguirnos. Quería hacernos suyos tanto en cuerpo como en nombre. Quería recordarnos siempre nuestra conexión con la tierra, con la casa, con una época, con las generaciones. Siempre firma los libros que se venden, escribiendo la fecha y el nombre del cliente y algo así: “Purchased from James Vol Hartwell, owner and product of the Red Fox Inn, grandson of Vollie Fox, self-proclaimed mayor of Horton Bay, who taught nine-year-old Ernest Hemingway to fish.” Para mi padre, no existe el concepto de demasiada información.
En la librería, se ofrecen giras de las guaridas de Hemingway y de Nick. Se ven las casas y los muelles y los árboles torcidos para marcar los rastros antiguos de los Odawa. Para los clientes que sólo quieren uno libro, o sólo una postal de Vollie Fox con Hemingway en la estación de ferrocarriles de Charlevoix, siempre les dirige bajar la carretera angosta que atraviesa la ciénaga de abedules y termina en la bahía donde empezó mi vida y la de Papa.

Lo que traté de hacer con Derek y Emily era una gira personal, también. Traté de mostrarles lo especial de Horton Bay, algo que todavía se puede ver en las ninfeas, en los sauces blancos, en los gorriones y en el ciervo que huyó saltando fuera de la ciénaga cuando nos vio. Traté de decir algo que no podía ser dicho sin la ayuda de palabras ya escritas, definiciones que precedieron los objetos, un nombre que precedió el hombre a quien pertenecería. Traté de mostrarles quién soy y cómo, sin Hemingway, nunca habría llegado a ser así.

 


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“El fin de algo” de Ernest Hemingway.
Traducción: Ernesto Hartwell y Patricio Orellana.

En los viejos tiempos Hortons Bay era un pueblo de leñadores. Nadie que viviera allí estaba a salvo de los sonidos de las grandes sierras del molino junto al lago. Pero un año los troncos para hacer madera se acabaron. Los buques madereros vinieron a la bahía y fueron cargados con el corte del molino apilado en el corral. Se llevaron todas las pilas de madera. El molino grande fue vaciado de su maquinaria desmontable, la cual fue puesta a bordo de uno de los buques por los mismos hombres que habían trabajado en el molino. El buque se alejó de la bahía hacia el lago abierto, llevando las dos sierras grandes, la grúa que lanzaba los troncos contra las sierras giratorias circulares, y todos los rodillos, ruedas, cinturones y hierros apilados sobre la carga de madera que colmaba el casco. Con su bodega a cielo abierto cubierta con lonas amarradas, las velas del buque se llenaron, y éste se movió hacia el lago abierto, llevándose todo lo que había hecho del molino un molino, y de Hortons Bay un pueblo.

Los barracones de un piso, la casa de comer, el almacén, las oficinas del molino y el propio molino grande quedaron desiertos en los acres de aserrín que cubrían el prado cenagoso junto a la orilla de la bahía.

Diez años después no quedaba nada del molino, excepto la quebrada caliza blanca de sus cimientos que se veían a través de la pantanosa segunda crecida mientras Nick y Marjorie remaban junto a la orilla. Pescaban al lado de la banquina del canal donde el fondo pasaba de repente de bajíos arenosos a doce pies de agua oscura. Pescaban camino a la punta donde pondrían tanzas para truchas arcoíris.

“Allá está nuestra vieja ruina, Nick”, dijo Marjorie.
Nick, remando, miró la piedra blanca en los árboles verdes.
“Allá está”, dijo.
“¿Te acordás de cuando era un molino?”, preguntó Marjorie.
“Apenas”, dijo Nick.
“Parece más un castillo”, dijo Marjorie.
Nick no dijo nada. Continuaron remando donde ya no se veía el molino, siguiendo la línea de la orilla. Después Nick cortó camino a través de la bahía.
“No están picando”, dijo.
“No”, dijo Marjorie. Miraba absorta la caña todo el tiempo que pescaron, incluso cuando hablaba. Le encantaba pescar. Le encantaba pescar con Nick.
Muy cerca del bote una trucha grande rompió la superficie del agua. Nick clavó un remo de modo que el bote doblara y el cebo, girando detrás, pasara por donde la trucha se alimentaba. Mientras el lomo de la trucha salía del agua, peces forrajeros saltaban con furia. Rociaban la superficie como un manojo de perdigones arrojado al agua. Otra trucha rompió el agua, alimentándose al otro lado del bote.
“Están comiendo”, dijo Marjorie.
“Pero no quieren picar”, dijo Nick.
Remó el bote alrededor para que el cebo pasara por ambos peces, y luego se dirigió hacia la punta. Marjorie no embobinó hasta que el bote no tocó la orilla.
Subieron el bote a la playa y Nick levantó un balde de perca viva. Las percas nadaban en el balde de agua. Nick tomó tres con las manos y les cortó la cabeza y las desolló mientras Marjorie buscaba con las manos en el balde, y por fin agarró una perca, le cortó la cabeza y la desolló. Nick miró su pescado.
“No te conviene sacarles la aleta ventral”, dijo. “Estaría bien para la carnada pero es mejor con la aleta ventral”.
Enganchó por la cola cada una de las percas desolladas. Había dos ganchos pegados a la tanza de las cañas. Entonces Marjorie remó el bote más allá de la banquina del canal, agarrando la tanza con los dientes, y mirando hacia Nick, quien estaba en la orilla sosteniendo la caña y dejando que la tanza saliera del carretel.
“Ahí está bien”, la llamó.
“¿Lo suelto?”, Marjorie respondió con la tanza en la mano.
“Seguro. Dejalo”. Marjorie soltó la tanza por la borda y observó el cebo que se hundía en el agua.

Volvió con el bote e hizo lo mismo con la segunda tanza. Ambas veces Nick puso un tronco húmedo pesado debajo de la caña para que estuviera sólida y otro más pequeño detrás para que mantuviera el ángulo correcto. Embobinó la tanza hasta tensarla para que la línea saliera tirante hacia donde el cebo descansaba en el suelo arenoso del canal y destrabó el carretel. Cuando una trucha, alimentándose en el fondo, mordiera el sebo, saldría con él, sacando la tanza del carretel presurosamente haciendo que éste cantara con la traba.

Marjorie remó un poco en dirección a la punta para no perturbar la tanza. Clavó fuerte los remos y el bote subió a la playa. Pequeñas olas vinieron con él. Marjorie salió del bote y Nick arrastró el bote hasta la parte alta de la playa.
“¿Qué pasa, Nick?” dijo Marjorie.
“No sé”, dijo Nick, recolectando leña para un fuego.
Hicieron un fuego con troncos que habían sido lavados por el lago. Marjorie fue al bote y trajo una manta. La brisa de la tardecita se llevaba el humo hacia la punta, por lo que Marjorie desplegó la manta entre el fuego y el lago.
Marjorie se sentó en la manta dando la espalda al fuego, y esperó a Nick. Él vino y se sentó a su lado en la manta. Detrás de ellos estaban los árboles cercanos de la segunda crecida de la punta y enfrente estaba la bahía con la boca de Hortons Creek. Todavía no estaba tan oscuro. La luz del fuego llegaba hasta el agua. Los dos podían ver las dos cañas de acero anguladas sobre el agua oscura. El fuego destellaba en las cañas.
Marjorie desempacó el canasto de la cena.
“No tengo ganas de comer”, dijo Nick.
“Dale, Nick, comé”.
“Bueno”.
Comieron sin hablar y miraron las dos cañas y la luz del fuego en el agua.
“Va a haber luna esta noche”, dijo Nick. Miró al otro lado de la bahía las colinas que empezaban a afilarse contra el cielo. Más allá de las colinas, él sabía que la luna iba a subir.
“Ya sé”, dijo Marjorie con alegría.
“Vos sabés todo”, dijo Nick.
“¡Ay, Nick, por favor cortala! Por favor, por favor no seas así”.
“No puedo evitarlo”, dijo Nick. “Sí, vos sabés todo. Ése es el problema. Sabés que sí”.
Marjorie no dijo nada.
“Te enseñé todo. Sabés que sí. ¿Acaso qué no sabés?”
“Ay, callate”, dijo Marjorie. “Allá viene la luna”.
Estaban sentados en la manta sin tocarse y miraban la salida de la luna.
“No tenés que decir tonterías”, dijo Marjorie. “¿Cuál es el problema?”.
“No sé”
“Por supuesto que sabés”.
“No, no sé”.
“Dale, decilo”.
Nick miró la luna, superando las colinas.
“Ya no es divertido”.
Tenía miedo de mirar a Marjorie. Entonces la miró. Estaba sentada dándole la espalda. Miró su espalda. “Ya no es divertido. Nada de todo esto”.
Ella no dijo nada. El continuó: “Siento como si todo se hubiera ido al infierno adentro de mí. No sé, Marge. No sé qué decir”.
Miró su espalda.
“¿No es divertido el amor?”, dijo Marjorie.
“No”, dijo Nick. Marjorie se paró. Nick se quedó sentado, la cabeza en las manos.
“Voy a tomar el bote”, Marjorie le dijo. “Podés volver caminando a la punta”.
“Bueno”, dijo Nick. “Te voy a empujar el bote”.
“No es necesario”, dijo ella. Estaba a flote en el bote en el agua con la luz de la luna sobre él. Nick se volvió y se acostó con la cara en la manta junto al fuego. Podía escuchar a Marjorie remando en el agua.
Se quedó largo rato. Se quedó acostado mientras oía a Bill acercándose al claro, caminando a través del bosque. Sintió a Bill acercándose al fuego. Bill no lo tocó tampoco.
“¿Se fue bien?”, dijo Bill.
“Oh, sí”, dijo Nick, acostado, la cara en la manta.
“¿Hubo escena?”.
“No, no hubo ninguna escena”.
“¿Cómo te sentís?”
“Oh, andate, Bill. Andate por un rato”. Bill eligió un sándwich del canasto del almuerzo y caminó para mirar las cañas.