GONZALO, GUSTAVO Y GISELLA
Entrevista por Juan Ignacio Moralejo

Fanzines que recopilan anécdotas sexuales bochornosas. Entrevista con su editora, Melik, quien firma con pseudónimo porque no quiere que nadie de su trabajo ni de su familia se entere de este proyecto.
¿En qué consiste la trilogía Gonzalo, Gustavo y Gisella?
Gisella es el tercer y último fanzine de una saga dedicada a publicar anécdotas sexuales bochornosas contadas por sus protagonistas. Todo comenzó en el 2003, tomando una merienda con Leandro Salvati, un amigo diseñador gráfico, planteamos la cuestión de hacer algo juntos. Como por entonces yo escribía mucho y él ilustraba muy bien, la idea de crear un fanzine se amoldaba perfectamente a nuestros propósitos. No sé por qué, pensamos que sería divertido que la temática de los textos fuera sexual y la imagen todo lo contrario. Recuerdo cómo elegimos el nombre, antes que todo. Empezamos a tirar palabras sueltas, relacionadas con el sexo, y salió el verbo “gozar”. Inmediatamente Leandro propuso “Gozalo” y yo le contesté: “¡No, Gonzalo!”. Siempre me parecieron geniales las revistas o fanzines cuyos títulos fueran nombres propios. Por ejemplo, hubo uno aquí que se denominó Marcelo… Luego de ese encuentro, opté por entrevistar a gente, con grabador en mano, acerca de cuáles fueron sus historias sexuales más divertidas, bizarras, frustrantes, vergonzosas, etc,
¿Fue fácil que los contribuidores contaran sus experiencias?
Al principio, nadie quería participar, a pesar de cansarme de explicar que la publicación era anónima y solamente mencionaría los nombres al final, en agradecimientos -cosa que incluso hacía todo más intrigante y fascinante, ya que al leer se tenía que hacer un gran esfuerzo para detectar si la anécdota era de un chico o una chica, entre múltiples posibilidades-. Así, solamente me encontré con amigos cercanos. Mi tarea básicamente fue desgrabar y unificar criterios textuales: pasar todos los testimonios a un mismo tiempo verbal, corregir errores ortográficos, equiparar extensiones, poner algún latiguillo final. Con Gustavo, el segundo fanzine, que salió en el 2006, todo fue más fácil. El título surgió en un instante, leyendo una lista de nombres propios con “G” y, a su vez, buscando que tuvieran cierta alusión a lo sexual -remitía a “gustaba”-. Los que colaboraron en el anterior quisieron volver a hacerlo y se sumaron amigos de amigos y también lectores. Ésta vez las entrevistas fueron por mail y una vez que junté una cuantiosa cantidad de historias, le pedí a mi amigo Máximo Tuja, que vivía - y sigue haciéndolo- en Barcelona, que me ayudara con el diseño, conservando por supuesto la tangencialidad visual. Me encantaba toda su producción y tenía confianza ciega en que haría algo muy bonito y distinto a lo anterior. Y ahora acabo de lanzar Gisella -¡Al fin un nombre de chica!-, nuevamente con diseño de Máximo y la contribución de viejos y nuevos protagonistas anónimos. Me siento un poco avergonzada de tardar tantos años en sacar la trilogía completa. Pero también estoy orgullosa del resultado… Creo que de algo tan personal y trivial como este fanzine se puede trazar un mapa de cómo nuestra sociedad vive la sexualidad.

¿La compilación pretende un efecto catártico ante las expectativas irreales de cuerpos perfectos y relaciones idílicas donde nadie se relaja o se ríe de sí mismo?
Que la gente saque sus conclusiones cuando lea el fanzine. Sería como dar todo eso muy procesado.
¿Y cuál es la connotación sexual del nombre Gisella? ¿No era mejor Graciela?
Es que una amiga se llama Graciela, y no quería que se ofenda. Debía ser un nombre que comenzara con G, entonces se me ocurrió Glenda también. Pero Gisella es como que "sella" la trilogía, además de que me parece un nombre medio de actriz porno.
¿Dónde se consigue?
La distribución de fanzines es poco problemática. Como mi tirada es muy pequeña, siempre trato de dejarlos en pocos lugares que me gusten o entregarlos en mano. ¡A pedido, porque nunca me acuerdo de llevarlos en la cartera!. Por ahora se consigue en Purr, en Cobra o por mail.

¿Hiciste otros proyectos editoriales?
Me adentré en el mundo de los fanzines mientras cursaba la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UBA, allá por fines de los 90’s. Tenía un amigo, Pedro Ubertone, que francamente no sabía bien qué hacía. Un día me lo encontré en la calle, a una cuadra de la facultad, doblando El Vengador a Go Go, un fanzine del cual me declaraba ultra fanática -arrancaba hasta los carteles que los hacedores pegaban en las paredes para difundirlo-. “¿Estás leyendo El Vengador?”, le pregunté. “No, lo estoy haciendo con ellos”, me contestó y señaló a Máximo Tuja y Martín Locarnini. ¡Me puse muy nerviosa! Tenía un montón de moneditas en la mano, que había separado para tomar el colectivo a casa, y fueron a parar todas al piso. Luego de ese suceso, cada vez que me cruzaba a Máximo o a Martín en los pasillos de la facultad nos saludábamos de lejos, alzando la mano. Al poco tiempo comenzamos a pararnos y a charlar, también a cursar materias juntos. Y un día me invitaron a participar del fanzine. Esa fue mi primera experiencia fanzinera, que nunca olvidaré. Cuando terminamos la carrera, El Vengador A Go Go llegó a su fin y los mismos integrantes fundaron Grupo Sorna, del cual ya fui colaboradora fija. El Grupo fue muy prolifero e innovó en algunas cuestiones que eran poco usuales por entonces. Cuando recién se estaba masificando Internet, sobre todo con la apertura de cybers y no tanto con la instalación en casas, nosotros hacíamos fanzines en pdf, e-zines.
¿Cual era la línea editorial?
Consistían en una pieza de diseño con texto que enviábamos por mail, previa suscripción. Teníamos un slogan “culto a lo tangencial”. Casi todos los integrantes eran patafísicos y eso se notaba y plasmaba muy bien. Duró hasta el 2005… También publicamos fanzines impresos como Gente de Marketing (una parodia de los sobres de semillas, en 4 modelos diferentes para elegir) y Bluff (una serie de 4 entregas dedicadas a pensar la tangencialidad). Me divertía escribir con el estilo que demandaba el Grupo pero lo cierto es que fuera de ese marco había descubierto una voz propia. Cada vez más hacía textos en primera persona, con un yo a veces cierto y otras apócrifo, en formato prosa, crónica o diario. Y de pronto tuve la idea de plasmar en algún soporte eso que guardaba en mi computadora. Cuando voy por la calle, me encanta entrar a lugares de bolsas, cajas y embalajes varios. Y más de una vez algo que vi me impulsó a redactar ciertos textos…Como lamentablemente no sé usar ningún programa de diseño me convencí de que eso no fuera un impedimento para crear algo. “Voy a intentar hacer fanzines en Word y que queden lindos”, pensé. Y así surgieron, también en el año 2005, Nevada -crónica de una cita con un chico- y Me falta Punch I y II -citas sobre un trabajo aburrido-. Son muy simples, minimalistas, sin imágenes: antes que un diseño feo prefiero ninguno. Leandro solía reírse de mí y decirme: “Lo tuyo… ¡Don’t wordy!”. Otro fanzine que hice un año después fue 25 m, no muy profunda (crónica de unas clases de natación) con la ayuda de Patricio Oliver, otro amigo diseñador. Participé en varios fanzines de amigos y tengo varios más en mi haber pero sería aburrido extenderme al respecto.
"El día de la presentación casi sin darme cuenta saqué esta foto de la chica Gisella, muy engamada, hasta la tira de la cartera está alineada con la tapa".
¿Cuál crees que es el presente de los fanzines en tiempos de Internet?
Yo reformularía la pregunta: ¿Cuál es el presente de los fanzines en época de crisis económica? El aumento en los precios de los insumos -papel, tinta, bolsas, etc- hizo que se volviera muy costoso producirlos. En ese contexto, Internet es un aliado. Ya lo mencioné antes: existieron y existen e-zines. La inversión en este soporte es mínima aunque, creo, se requieren ciertas competencias, saber algo de diseño y programación. Porque un fanzine digital no tiene nada que ver con un blog, que es súper sencillo de usar. Internet facilita muchísimo la difusión tanto a nivel local como internacional de todas las producciones. Para los ortodoxos, si es que los hay, capaz la opción electrónica resulte poco romántica: una ilustración o un escaneo no es lo mismo que una fotocopia que se pueda coleccionar. El fanzine impreso tiene bastante de tarea manual: si no sé o no me interesa usar programas de diseño, puedo sentarme y cortar y pegar, armar collages, escribir a mano, poner lo que quiera. De todas maneras, tanto los fanzines digitales como los de papel tienen un mismo lema: “Hazlo tú mismo”. Si ese espíritu está, ya nada importa. Nunca fue fácil distinguir qué es un fanzine y qué no. Y en épocas de Internet la cuestión se vuelve aún más confusa. La concepción misma del fanzine, de cómo debe lucir, qué debe contener y provocar, ha cambiado mucho con los años. Es imposible hacer un análisis global de su evolución porque existen montones de publicaciones que ni conozco. Pero me da la sensación de que se han despolitizado. Eso no es ni bueno, ni malo. Es signo de estos tiempos.

# Melik elige una anécdota favorita de cada uno de los fanzines:
Gonzalo
21 de septiembre. Meñique me llevó a un telo. En la habitación había una flor y un champagne, porque era el Día de la Primavera. Y yo destapé la botella: sobria ni loca me lo cogía. Le ofrecí una copa y me dijo que no porque estaba tomando remedios. Después, empezamos a transar y me raspó el labio con la barba. Me salió un poco de sangre y Meñique corrió al baño a hacerse buches. El acto duró muy poco. Cuando fuimos a pagar, sacó una tarjeta de la billetera. “Cargame los puntos. ¿Cuántos tengo ya?”. Y el del telo le dijo, no sé, ponele 849. Y él gritó:”¡Me gané el viaje a Cataratas!”. Lo peor fue que dijo “¡sí!” antes y con el puño, ¡el puño cerrado en alto!
Gustavo
Estaba en Amerika con tres amigas. Subí al dark room. Hice un poco de control de calidad por los rincones y seguí dando vueltas en la oscuridad. De pronto, me agarraron del brazo con fuerza. Una travesti gigante se me vino encima apasionadamente. Me devoraba viva. Yo, entusiasmada, seguí adelante con su juego y nos dimos unos besitos inocentes. De la nada salieron tres amigas suyas, una muy bajita y las otras dos enormes, y se prendieron. Una me apoyaba desde atrás, otra me tocaba toda, otra me besaba, y la cuarta... por ahí andaba. Pasado un tiempito, traté de escapar de lo inminente, pero no había modo de que me dejaran ir. Entonces, la luz: vi pasar a un chico de gorra blanca con el que yo había estado un rato antes y que estaba pesadamente provisto. Muy. Les pasé el dato a las travestis y huyeron tras él. Ya libre, recorrí un poco más los rincones. Noté de repente que no tenía más la billetera en el bolsillo interno de mi abrigo. Entré en pánico al pensar en mis documentos, carnets, etc. Eso sí: cero pesos, cero centavos. No había plata. Rastreé un rato el lugar y no aparecía. Hice entonces memoria y supe a quiénes tenía que visitar. Me acerqué a las travestis y le hablé a una, altísima y muy parecida a Jennifer López: “Estoy re mal porque perdí mi billetera. O me la robaron. Pero no tenía plata...”. Ella, un relámpago, respondió: “No puede ser, no te preocupes, te ayudo a encontrarla”. Y mientras esas palabras atravesaban el cerco de sus dientes, se agachó y comenzó a tantear el suelo en cuatro patas. Al minuto, tenía la billetera en sus manos. Me la dio, y como yo no tenía nada de plata para invitarle al menos un trago, le di un besito y una tarjeta de mi trabajo así pasaba a saludarme. “¿Cómo te llamás?”, quise saber. “Sharon”, se despidió. Nunca sabré si me la devolvió por caridad y pena, porque no tenía plata adentro, por la recompensa que quizás esperaba recibir o por el dato clave del chongo poderoso que yo le había pasado más temprano.
Gisella
Un día caí en la casa de un pibe amigo de una amiga de una amiga por mi estúpida regla de coger al menos una vez por semana. Nos encontramos en un lugar X, me pasó a buscar en su motocicleta del futuro, toda llena de tierra, pintada de negro una y otra vez como con esmalte de uñas de la hermana punk. Él continuaba el mismo sistema estético y estructural de su artefacto móvil: era alto y flaco, con una campera de cuero al cuerpo, pero de esas modernas a lo Espeluzland y no a lo Pappo’s Blues. También tenía anteojos negros, un perfume baratísimo que para ser trucho no le faltaba tanto y pelo enroscado al viento... No sé, era tipo Schwarzenegger pero raquítico y con más onda... Al subir a la moto, me preguntó si quería el casco y le dije "obvio que sí". ¡De ningún modo iba a tolerar que algún conocido me viera subiéndome a una moto con ese ser del “Apocalipsis Now”!. Bueno, el barrio a donde me llevó no era tan feo... Hasta me podía imaginar ser la novia de ese engendro. Llegamos a un portón de hojalata todo roto (por no llamarlo tapa) y pasamos. El jardín delantero tenía olor a pis de gato inmundo… Le pregunté: "¿Tenés gatos, no?". ¡Puaj! Seguimos caminando hacia la puerta de la casa, que se abría pasando la mano por un agujero y destrabándola por dentro. Cuando entramos, la pocilga tenía un olor a pucho apagado en el agua terrible. El pibe me sirvió verduras que por suerte estaban buenas y vino púrpura, pero como yo no quería que se me mancharan los dientes, hacía que tomaba de a pequeños sorbitos pero luego los escupía sigilosamente. A la hora, vino un amigo de él, un petizo que era albañil y oloriento, fumaba porro, se la daba de artista porque pintaba a Fidel Castro entre amaneceres onda tercer grado, sin gradientes muy elaborados, con colores típicos, etc. Encima cuando me vio, se mandó un “Uy, les arruiné la fiestita…". YA ME CAYÓ MAL. En un momento, los dos trataron de convencerme de que me uniera al Partido Socialista pero no el de no sé quién, sino al de la rama de Pirulo Monte Cañón, que eran los posta según ellos. Yo les aseguraba que me parecía estúpida la gente que se metía en esas cosas, que tenía en mi casa el caso de mi hermana, con un fetichismo extremo con todo eso del Socialismo, Chávez, Bula o Gula, no sé... Por suerte, la rata roñosa se fue a dormir rápido. Y yo quedé con el motoqueri, que me grababa DVDs con el Live: Morphine, Matías Aguayo, etc. Y finalmente me besó. Tenía un gusto a vino podrido nauseabundo. MÁS RECHAZO. Yo no quería hacer nada, pero por mi regla inultrajable seguía al pie de la letra el ritual. Cerró la puerta, nos acostamos y blah blah blah hasta que le palpé la pija. ERA DIMINUTIVA AL EXTREMO. Muy flaquita, como él. “¡Pucha, cómo no me di cuenta!”, pensé. Me pidió que se la chupara y yo le contesté que no me gustaba hacerlo. Y como sabía que él tampoco me iría a chupar a mí, menos con ese aliento a trapo sucio, le agarré la pijinia y me la metí en la chicha. Pum pum pum. NO SENTÍA NADA. Me di vuelta y se la metí en mi culo. TAMPOCO SENTÍA NADA. ¡Oh my God! No sabía si irme o hacerme la que me gustaba. De pronto, el pibe me agarró del cuello, asfixiándome de a poco y empecé a experimentar un placer exquisito. No lo podía creer… Le pedí que se sacara la remera, cosa que hizo y yo también. Al verme, me dijo "qué lindas tetitas chiquitas que tenés". ¿QUÉ? Yo tenía ganas de confesarle "tu pito es el chiquito y apestoso". Pero seguimos... Yo me hacía la que estaba disfrutando para que terminara rápido y me pudiera ir. TERMINÓ. Lalalalalala, me vestí rápido y le solicité que me llevara. Él aceptó pero me avisó que se iba afuera un segundo porque necesitaba aire. Fui a ver si estaba bien y lo vi vomitando contra una viga. Es decir, lo descubrí lanzando el chorro vomitivo en un plano general de perfil con un poco de contraluz. HICE UN PASO ATRÁS. “¿Estás bien?”, quise saber. “Mirá que todo bien, me tomo un remise”. Y él, limpiándose la boca, me aseguró que me llevaba igual. VOLVIÓ A VOMITAR. Pasaron 5 minutos, se fue a lavar la cara y me alcanzó a mi casa. A mí no me importaba nada. No iba a pagarme un remise de $10 por una cogida de cuarta. Él iba pálido como un papel, hasta ni se dio cuenta de que casi nos matamos por una loma de burro inmensa y que volamos ilesos. Al llegar, me quiso besar en la boca, corrí la cara y esbocé una risita maquiavélica a lo Merlina Addams. Lo abracé, le agradecí por los DVDs. y me fui corriendo. Me bañé, me fumé un porro antes de dormir y deseé nunca más caer tan bajo.