ELIO FERNANDEZ, HIBRIDADOR DE ORQUIDEAS
Por Mercedes Villalba. Fotos de Gisela Filc.

¿Tu familia cultiva orquídeas o vos solo?
Yo solo, mis hijos saben, pero no se dedican, compiten jugando al handball. Cultivo orquídeas desde los 14 años, ahí tuve mi primera planta.
¿Cómo empezaste?
En Misiones, un día pescando vi una planta arriba de un árbol, calculé que era una orquídea, siempre fui medio aficionado a la naturaleza. Y ahí empecé a tener una y otra, como hobbista.
¿Cuál fue tu primera planta?
La sigo teniendo.
Me la muestra, es una planta chiquita, muy poco llamativa. Todo lo que uno no se imagina que es una orquídea. ¿Cómo habrá hecho para reconocerla arriba de un árbol? Le pregunto: "¿Y cómo la viste arriba de un árbol siendo de flor tan chiquitita?" Pero no me responde, está concentrado comentándome las variedades que están por ahí, todas las de flores chiquitas, las orquídeas mínimas o microorquídeas. Una lista de nombres en latín, susurrada en el aire húmedo como si fuera una especie de misa tropical.
Comencé a tener una y otra y otras más, hasta que saturé el jardín de invierno de mi casa. Empecé como viverista. La hibridación no es lo más lindo, lo más lindo es cultivar las especies. Hay mucho de estas cosas, como las microorquídeas que están en la naturaleza ya, y el desafío es mantener el banco genético para poder seguir teniéndolas, más que hacer nuevas.

A finales del siglo XIX se pagaban sumas absurdas de dinero por bulbos traídos de las espesuras de selvas misteriosas, urdiendo complejas redes de mercado negro y de botánicos que oficiaban al mismo tiempo de mercenarios y exploradores para conseguir nuevos ejemplares. Los precios eran motivo de especulación, llegando a incendiarse bosques enteros para volver algunas plantas más raras, todavía más únicas. Lo que el río Klondike del Canadá fue para los buscadores de oro cuando de sus aguas se podían entresacar las pepitas de oro mezcladas entre los guijarros y las arenas del fondo, eso son para los buscadores de orquídeas las inxeploradas espesuras de las selvas, de las cuales, dicen, vanagloriándose, haberse podido llevar hasta un millar de Odontoglossum. Claro que en sus reseñas no nos dicen cuántos fueron los árboles centenarios inmolados en aras de sus jactanciosas proezas.
H. P. Francé, La maravillosa vida de las plantas, Labor, Buenos Aires, 1949.

Se llamó Orchideofilia a la enfermedad que se dice padecían las inglesas señoritas de alcurnia, una especie de histeria que las hacía desvanecerse por las plantas tan de moda y desear tener siempre una más, otra más. Por supuesto, eran un signo de prestigio, al fin y al cabo eran bienes inconseguibles, traídos siempre con sacrificio de muy lejos. Difíciles de cuidar, ajenas al clima londinense, suponían también una habilidad, un entendimiento y dominio de la naturaleza en la época en que dominar la naturaleza era el progreso de la técnica.